Un estudio en esmeralda – Neil Gaiman (II)

2 – La habitación

Era una pensión barata en Shoreditch. Había un policía en la puerta. Lestrade lo saludó por su nombre e hizo que nos dejara pasar. Yo estaba listo para entrar pero mi amigo se acuclilló en los escalones de entrada y sacó una lupa del bolsillo de su tapado. Examinó el barro en el limpiador de botas de hierro forjado, rascándolo con su dedo índice. Una vez satisfecho, nos dejó entrar. Subimos las escaleras. La habitación en la cual el crimen había sido cometido era obvia: estaba flanqueada por dos agentes corpulentos.

Lestrade los saludó con la cabeza y se hicieron a un lado. Entramos.

Como dije, no soy un escritor profesional y dudo en describir ese lugar sabiendo que mis palabras no pueden hacerle justicia. Sin embargo, he comenzado esta narración y me temo que debo continuar. Un asesinato había sido cometido en ese pequeño cuarto de alquiler. El cuerpo, o lo que quedaba de él, todavía estaba allí, en el piso. Lo miré, pero al principio, de alguna manera, no lo vi. Lo que en realidad vi fue lo que se había chorreado y salpicado del pecho y la garganta de la víctima: su color variaba desde el verde-bilis hasta el verde-pasto. Había empapado la alfombra raída y manchado el empapelado. Por un momento imaginé que era el trabajo de un artista diabólico que había decidido hacer un estudio en esmeralda.

Luego de un tiempo que parecieron cien años bajé la vista y miré el cuerpo, abierto como un conejo en la tabla de un carnicero, y traté de que lo que veía cobrara sentido. Me quité el sombrero y mi amigo también.

Él se arrodilló e inspeccionó el cuerpo, inspeccionando los cortes y las cuchilladas. Luego sacó su lupa y caminó hacia la pared, examinando las gotas de icor que se estaban secando.

“Ya hicimos eso,” dijo el Inspector Lestrade.

“¿En serio?” dijo mi amigo. “Entonces, ¿qué pensaste de esto? Yo creo que es una palabra.”

Lestrade se dirigió al lugar donde mi amigo estaba parado y miró hacia arriba. Había una palabra escrita en mayúsculas con sangre verde en el empapelado amarillento, un poco por encima de la cabeza de Lestrade. “¿Rach…?” dijo Lestrade deletreándola. “Obviamente iba a escribir Rachel, pero fue interrumpido, así que deberíamos buscar a una mujer…”

Mi amigo no dijo nada. Caminó hacia el cuerpo y levantó sus manos, una después de la otra. Las puntas de los dedos estaban limpias de icor. “Me parece que hemos verificado que la palabra no fue escrita por nuestra Alteza Real.”

“¿Qué cosa te hace decir…?”

“Mi querido Lestrade, por favor, dame crédito por tener cerebro. El cadáver, obviamente, no es de un hombre – el color de su sangre, el número de extremidades, los ojos, la posición de su cara, todas estas cosas denotan la sangre real. Aunque no puedo decir a qué línea real pertenece, arriesgaría que es un heredero, por ahí…no, segundo al trono,… de uno de los principados Alemanes.”

“Eso es increíble”. Lestrade titubeó, luego dijo: “Este es el príncipe Franz Drago de Bohemia. Estaba en Albion invitado por su Majestad Victoria. Aquí, por unas vacaciones y cambio de aire…”

“Por los teatros, las prostitutas y las casas de juego, querrás decir.”

“Si tú lo dices.” Lestrade parecía incómodo. “De todas maneras, nos has dado una pista firme sobre esta Raquel. Aunque, no dudo de que la hubiésemos encontrado por nuestra cuenta.”

“Seguramente,” dijo mi amigo.

Inspeccionó un poco más la habitación, comentando ácidamente y varias veces, que la policía había tapado las huellas con sus botas y que había movido cosas que podrían haber sido útiles para cualquiera que estuviera intentando reconstruir los eventos de la noche anterior.

A pesar de ello, parecía interesado en un pequeño pegote de barro que encontró detrás de la puerta.

Al lado de la chimenea, encontró lo que parecía ceniza o suciedad.

“¿Has visto esto?” le preguntó a Lestrade.

“La policía de su Majestad,” respondió Lestrade, “no suele entusiasmarse con la ceniza del hogar. Es donde la ceniza suele encontrarse.” Y se rió por lo bajo.

Mi amigo tomó una pizca de la ceniza y la restregó entre sus dedos, luego olió el resto. Finalmente, recogió lo que quedaba del material y lo vació en un vaso vial, el cual tapó y guardó en un bolsillo interno de su abrigo.

Se paró. “¿Y el cuerpo?”

Lestrade dijo: “El palacio enviará su propia gente.” Mi amigo me hizo un gesto con la cabeza y juntos fuimos hacia la puerta. Mi amigo suspiró. “Inspector, puede que su búsqueda de la Señorita Raquel sea infructuosa. Entre otras cosas, Rache es una palabra alemana. Significa venganza. Consulte su diccionario. Hay otros significados. ”

Bajamos la escalera y salimos a la calle. “Nunca antes habías visto a la realeza, ¿verdad?” preguntó. Negué con la cabeza. “Bueno, la vista puede ser perturbadora si no estás preparado. Mi buen amigo, ¡estás temblando!”

“Perdóname, estaré bien en un momento.”

“¿Te haría bien caminar?” preguntó y yo asentí seguro de que si no caminaba empezaría a gritar.

“Hacia el oeste, entonces,” dijo mi amigo, señalando la torre oscura del Palacio. Entonces, comenzamos a caminar.

“Así que,” dijo mi amigo luego de un rato, “¿nunca has tenido algún encuentro personal con alguna de las cabezas de la corona europea?”

“No,” dije.

“Creo que puedo decir, de manera confidencial, que lo harás”, me dijo, “y no con un cadáver esta vez. Muy pronto.”

“Mi querido compañero, ¿qué es lo que te hace creer que—?”

En respuesta, señaló un carruaje negro que se había detenido 45 metros adelante nuestro. Un hombre con una galera negra y un gabán se paró en la puerta, manteniéndola abierta, esperando silenciosamente. Un escudo de armas familiar a cada niño en Albion estaba pintado en dorado en la puerta del carruaje.

“Hay invitaciones que uno no rechaza,” dijo mi amigo. Se quitó el sombrero frente al criado y creo que sonreía al subir al espacio cuadrado y relajarse en los almohadones de cuero.

Cuando intenté hablar con él durante el viaje al palacio, puso su dedo sobre los labios. Luego cerró los ojos y pareció hundido profundamente en sus pensamientos. Yo, por mi parte, trataba de recordar lo que sabía de la realeza alemana, pero aparte de que el consorte de la Reina, el Príncipe Alberto, era alemán, sabía muy poco.

Metí la mano en el bolsillo, saqué un manojo de monedas – marrones y plateadas, negras y verde cobrizo. Contemplé el retrato estampado en cada una de ellas de nuestra Reina y sentí orgullo patriótico a la vez que un gran temor. Me dije que alguna vez había sido un militar, extraño al miedo, y podía recordar un tiempo en que eso había sido la pura verdad. Por un momento, recordé el tiempo en que había sido un experto en tiro – incluso, me gustaba pensar, una especie de tirador distinguido – pero mi mano derecha tembló como si fuera paralítica y las monedas tintinearon y cascabelearon, y yo sólo sentí nostalgia.

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