Un estudio en esmeralda – Neil Gaiman

1 – El amigo nuevo 

Es la inmensidad, creo. La enormidad de las cosas. La oscuridad de los sueños.

Pero estoy fantaseando. Perdón. No soy un hombre de letras.

Había estado necesitando alojamiento. Así fue como lo conocí. Quería alguien con quien compartir el gasto de una habitación. Nos presentó un conocido mutuo en los laboratorios químicos St Bart’s. “Veo que has estado en Afganistán” fue lo que me dijo y me dejó boquiabierto y con los ojos abiertos de par en par.

“Increíble”, dije.

“No creas”, dijo el extraño de guardapolvo blanco que se convertiría en mi amigo. “Por la manera en que mantienes tu brazo, veo que te han herido y de una manera particular. Tienes un bronceado intenso. También tienes un porte militar y hay pocos lugares en el Imperio en los que un militar puede broncearse y además – dada la naturaleza de la herida en tu hombro y las tradiciones de la gente de las cavernas Afganas – ser torturado”.

Puesto así, por supuesto, era absurdo de tan simple. Pero, al fin y al cabo, siempre lo era. Me había bronceado, marrón como una nuez. Ciertamente, también había sido torturado como él observó.

Los Dioses y los hombres de Afganistán eran salvajes, poco dispuestos a ser gobernados desde Whitehall o Berlín o inclusive desde Moscú, y no estaban preparados para entender razones. Me habían mandado a esas montañas integrando el __th Regimiento. Mientras que la lucha fuera en las colinas y las montañas, peleábamos de igual a igual. Cuando la refriega  descendía a las cuevas y la oscuridad nos encontrábamos, por así decirlo, desbordados.

Nunca voy a olvidar la superficie espejada del lago subterráneo, ni la cosa que emergió del lago parpadeando, ni los susurros melódicos que la acompañaban a medida que se erguía envolviéndola como los zumbidos de moscas más grandes que los planetas.

Que haya sobrevivido fue un milagro, pero sobreviví y regresé a Inlgaterra con los nervios hechos trizas. El lugar que me había tocado, con una boca como de sanguijuela, estaba tatuado para siempre con la forma de una rana blanca en la piel de mi ahora debilitado hombro. Una vez había sido un pistolero. Ahora no tenía nada salvo un miedo del mundo subyacente parecido al pánico, lo que significaba que gustosamente pagaría seis peniques de mi pensión de la armada por un cabriolé más que un solo penique por viajar en subterráneo.

Aún así, la niebla y la oscuridad de Londres me reconfortaban, me acobijaban. Me habían echado de mis primeros alojamientos porque gritaba de noche. Había estado en Afganistán; ya no estaba allí.

“Grito en las noches”, le dije.

“Me han dicho que ronco”, dijo él. “También tengo horarios irregulares y a menudo uso la repisa de la chimenea para practicar tiro al blanco. Voy a necesitar la sala de estar para entrevistarme con mis clientes, soy egoísta, reservado y me aburro fácilmente. ¿Será todo esto un problema?”

Sonreí, sacudí la cabeza y le di la mano. Cerramos el trato con un apretón.

El departamento que él había encontrado, en la calle Baker, era más que adecuado para dos solteros. Yo tenía en mente todo lo que mi amigo me había dicho sobre su deseo de privacidad así que me abstuve de preguntarle de qué trabajaba. Aún así, había muchas cosas que suscitaban mi curiosidad. A cualquier hora llegaban visitas y en esos momentos yo dejaba la sala y me iba a mi habitación pensando qué tendrían ellos en común con mi amigo: la mujer pálida con un ojo blanco, el hombre pequeño que parecía un comerciante viajero, el dandi corpulento de chaqueta aterciopelada y todo el resto. Algunos eran visitantes frecuentes, muchos otros venían sólo una vez, hablaban con él y se iban preocupados o satisfechos.

Él era un misterio para mí.

Una mañana, estábamos participando de uno de los magníficos desayunos que prepara nuestra arrendadora cuando mi amigo hizo sonar el timbre para convocar a esa buena mujer. “En aproximadamente cuatro minutos se nos unirá un caballero”, dijo, “necesitaremos otro lugar en la mesa”.

“Muy bien”, dijo ella, “pondré más salchichas en la plancha”.

Mi amigo continuó la lectura detenida del diario matutino. Yo esperaba una explicación cada vez más impaciente. Finalmente, no pude soportarlo más. “No entiendo. ¿Cómo puedes saber que en cuatro minutos recibiremos una visita? No hubo un telegrama ni un mensaje de ningún tipo”.

Él apenas sonrió. “¿No escuchaste el repiqueteo de un carruaje hace algunos minutos? Disminuyó la marcha al pasar por aquí, obviamente para que el conductor identificara nuestra puerta, luego aceleró y siguió hasta la calle Marylebone. Hay una multitud de carruajes y taxis dejando pasajeros en la estación de trenes y en el museo de cera y es en una multitud así que alguien que desee descender de un coche sin ser visto se mezclaría. La caminata desde allí hasta aquí no es sino de cuatro minutos”.

Ojeó su reloj de bolsillo y mientras tanto escuché pisadas en las escaleras de la entrada.

“Entra, Lestrade”, dijo, “la puerta está entornada y tus salchichas están saliendo de la plancha”.

Un hombre, que asumí era Lestrade, abrió la puerta y, luego de entrar, la cerró cuidadosamente. “No debería”, dijo, “pero para decir la verdad, no he tenido oportunidad de cortar mi ayuno esta mañana. Definitivamente podría hacerle justicia a alguna de esas salchichas”. Era el hombre pequeño que ya había visto en varias ocasiones, cuyo comportamiento era el de un viajero que vende novedades de goma o la panacea.

Mi amigo esperó a que nuestra arrendadora se hubiera ido de la habitación para decir: “Obviamente, asumo que esto es un asunto de Estado”.

“Por todos los cielos”, dijo Lestrade y empalideció, “no puede haberse corrido la voz. Dime que no”. Comenzó a apilar en su plato salchichas, filetes de arenques con arroz y pan tostado, pero sus manos temblaban un poco.

“Por supuesto que no”, dijo mi amigo, “pero después de todo este tiempo ya conozco el chirrido de las ruedas de tu carruaje, oscilan alrededor de un Sol sostenido arriba del Do agudo, y, si el inspector Lestrade de Scotland Yard no puede ser visto entrando en la sala de recepción del único detective consultor de Londres y, sin embargo, viene, y sin haber tomado su desayuno, entonces sé que no es un caso de rutina. Ergo, involucra a aquellos por encima nuestro y es un asunto de Estado”.

Lestrade se dio unos golpecitos con la servilleta en la barbilla para limpiarse algunos restos de yema de huevo. Lo miré. No coincidía con la idea que tenía de un inspector de policía, pero, al fin y al cabo, mi amigo tampoco se parecía a mi ideal de un detective consultor, fuera lo que eso fuera.

“Por ahí deberíamos discutir el problema en forma privada”, dijo Lestrade mirándome de reojo.

Mi amigo sonrió socarronamente y su cabeza se balanceó sobre sus hombros como cuando se reía de un chiste privado. Tonterías”, dijo, “dos cabezas piensan mejor que una sola. Además, lo que se le dice a uno de nosotros se le dice a ambos”.

“Si estoy importunando-” interrumpí bruscamente, pero me llamó a silencio con un gesto.

Lestrade se encogió de hombros. “Me da lo mismo”, dijo después de un rato, “si resuelves este caso conservo mi trabajo. Si no lo resuelves, lo pierdo. Usa tus métodos. Las cosas no pueden empeorar”.

“Si hay algo que el estudio de la historia nos ha enseñado, es que las cosas sí pueden ponerse peor”, acotó mi amigo, “¿Cuándo salimos para Shoreditch?”

A Lestrade se le cayó el tenedor. “Esto está mal”, gritó, “¡Acá estabas, haciéndome pasar el ridículo cuando ya sabes todo sobre el asunto! Debería darte vergüenza”.

“Nadie me dijo nada sobre el tema. Cuando un oficial de policía entra en mi sala con salpicones de barro frescos de ese tono mostaza tan peculiar en sus botas y las piernas de sus pantalones, seguramente puedo ser perdonado por presumir que recientemente pasó por las excavaciones de la calle Hobbs en Shoreditch, que es el único lugar de Londres en donde se puede encontrar barro de ese color mostaza tan particular”.

El inspector Lestrade parecía avergonzado. “Ahora que lo dices así”, dijo, “parece tan obvio”.

Mi amigo empujó su plato. “Por supuesto que lo es”, dijo un poco exasperado.

Tomamos un taxi hasta el East End. El inspector Lestrade había caminado hasta la calle Marylebone para encontrar su carruaje, y nos dejó solos.

“¿Así que de verdad eres un detective consultor?” pregunté.

“El único en Londres y probablemente en el mundo”, dijo mi amigo. “No tomo casos. En su lugar me consultan. Otros me traen sus problemas irresolubles, los describo, y a veces los resuelvo”.

“Entonces esa gente que te consulta…”

“Son, en su mayoría, oficiales de policía o ellos mismos son detectives, sí”.

Era una linda mañana pero ahora estábamos sacudiéndonos por los límites de la pajarera de St. Giles, ese laberinto de ladrones y asesinos que es a Londres lo que el cáncer en la cara a una bonita vendedora de flores, y la única luz que penetraba el carruaje era tenue y sombría.

“¿Estás seguro de que quieres que te acompañe?”

Como respuesta, mi amigo me miró sin pestañear. “Tengo el presentimiento”, dijo, “tengo el presentimiento de que estamos destinados a estar juntos, de que hemos librado una batalla justa, en el pasado o en el futuro, no lo sé. Soy un hombre racional pero aprendí el valor de un buen compañero y desde el momento en que puse mis ojos en ti supe que confiaba en ti tanto como en mí mismo. Sí. Te quiero conmigo”.

Me sonrojé o dije algo sin sentido. Por primera vez desde Afganistán, sentí que tenía valor en el mundo.

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