La chica juguete – Paula Clark

El pasto estaba húmedo y le embarraba la cara cada vez que miraba hacia arriba. En la oscuridad, la rodeaban figuras camaleónicas y una risa que surgió de su costado titiló por encima de su cabeza. Una de las figuras estiró el brazo y tocó su hombro: “¿Paula?”.

La voz, increíblemente alta, rebotó en su cabeza. Se balanceó y entrecerró los ojos tratando de hacer foco en la cara en blanco, disolviéndose en risas agitadas e inútiles cuando la forma se convirtió en una Helen con ojos abiertos y sorprendidos.

Unos brazos la levantaron (o la hundieron en la humillación) y la llevaron débil y balbuceante a través del parque húmedo. Ella podía escuchar voces arremolinándose en el mareo de su cabeza, algunas familiares, otras no, algunas de afuera, otras internas. “¿Borracha? ¡Está arruinada! ¿Qué estaba haciendo?”

Su cocina apareció de la nada y allí se encontraba sentada, encandilada por la fuerte luz eléctrica. Se miraba las manos como ausente. Aunque estaban magulladas por el frío, no sentía nada y las risas incomprensibles salían como burbujas descontroladas de su boca.

La casa parecía llena de gente. Sus voces y movimientos se borroneaban a su alrededor y escuchó vagamente las puertas de la alacena abrirse y unas manos hambrientas que se metían y tomaban algo. Las palabras que les pedían que no lo hicieran se formaban en su cabeza pero se difundían en un balbuceo y un sollozo confuso antes de alcanzar su boca. Podía escuchar música pop que provenía de algún lugar y un miedo amortiguado se formó en su estómago, pero luego, la luz comenzó a atenuarse alrededor de los bordes y el sonido giró alejándose y la oscuridad fluyó por el cuarto.

El intenso dolor en su cabeza la despertó. Consciente del silencio punzante y de un extraño y pesado olor a pintura en la habitación, abrió con dolor los ojos y parpadeó mirando penosamente alrededor suyo. La imagen que la enfrentaba la hizo retroceder horrorizada y suspirar súbitamente y asustada. Las paredes… Dios, las paredes… pintura. Líneas de aerosol goteaban aleatoriamente a lo ancho, cubriendo el empapelado rasgado que colgaba como hojas dentadas alrededor suyo. El martilleo en su cabeza creció y su estómago se revolvió cuando vio el cuarto en su totalidad, destrozado y sucio, con una mancha de vino tinto filtrándose como sangre en una esquina de la alfombra. Se incorporó mareada, temblando, con la boca horriblemente seca mientras el miedo le quemaba la garganta. Caminó como sonámbula por la casa como si fuera una cueva extraña y por descubrir. Le resultaba totalmente ajena, una mezcla enfermiza de odiosos colores chillones y destrucción.

¿Qué habían hecho? Miraba incrédula alrededor suyo mientras un frío atontamiento se extendía por dentro y le exprimía lágrimas tibias en su rostro. El olor dulce y pegajoso del vómito se expandía por el corredor y al escuchar el crujido del auto de sus padres en el camino se paró insegura, atrapada entre los dos. Cuando la llave rechinó en la cerradura, la chica juguete descartado se enjugó los ojos y, agachándose, tomó suavemente del piso un pedazo de papel roto, se dobló sobre sí misma en una esquina junto a la escalera y estrechó su cara contra las rodillas apretando con sus manos temblorosas el pequeño pedazo de una tarjeta de cumpleaños.

HTTP://ELCEC.COM.AR/2014/07/22/TRADUCIENDO-INGLESES/

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