La muerte de Denton – Martin Amis

Publicado en: http://alumni.media.mit.edu/~guy/misc/denton.html

 La muerte de Denton – Martin Amis

De repente, Denton se dio cuenta de que habría tres de ellos, de que vendrían cuando cayera la noche, de que su líder tendría su propia llave y de que estarían tranquilos y serían prudentes, seguros de tener todo el tiempo que necesitasen para hacer lo que debía hacerse. Él sabía que ellos serían corteses, deferentes, sofisticados, de la manera en la que él se comportara cuando ellos llegasen y que le sería permitido ponerse cómodo, por ahí incluso le sería ofrecido un último cigarrillo. Realmente, nunca dudó de que los admiraría y sería amigable con los tres a la vez y de que únicamente desearía haber sido su amigo. Él sabía que usaban una máquina. Como inspirado por una experiencia previa especial, Denton pensaba a menudo y enternecido en el momento en el que el líder consentiría en tomar su mano mientras la máquina comenzaba a trabajar. Sabía que ya estaban ahí afuera viendo gente, haciendo llamadas telefónicas y sabía que debían ser muy caros.

Al principio, tuvo un vivo interés, incluso egocéntrico, en quién había contratado a los hombres y su máquina. ¿Quién se molestaría en hacerle esto a él? Estaba su hermano, un hombre enorme y exhausto el cual a Denton nunca le había gustado o disgustado, ni se había sentido cercano a él ni amenazado por él de alguna manera: recientemente, se habían peleado por el reparto de los bienes de su madre muerta y, de hecho, Denton había logrado asegurar algunos adicionales sin valor a expensas de su hermano, pero esta era una razón más por la cual su hermano nunca podría permitirse hacerle esto. Había un hombre en la oficina al cual Denton, probablemente, le había arruinado la vida: habiendo hostigado a su amigo para que lo ayudara en un robo rutinario de oficina, Denton le contó todo a sus superiores aduciendo que había apelado a la duplicidad simplemente para poner a prueba a su colega (la empresa de Denton no sólo despidió al hombre, sino que también, por ligera advertencia de Denton, lo procesó exitosamente por fraude); pero alguien cuya vida puedes arruinar tan fácilmente no tendría la determinación para hacerle esto a él. Y había algunas mujeres aún en los límites de su vida, mujeres a las que había maltratado tan concienzudamente como se atreviera, todas las cuales parecían haberse deleitado con sus frustraciones, emocionado hasta el arrepentimiento, reído de sus fracasos: había escuchado que una de ellas estaba por casarse con alguien muy rico, o al menos con alguien lo suficientemente rico como para contratar a los tres hombres pero ella nunca se había preocupado lo suficiente por él como para querer hacerle esto.

A los pocos días, sin embargo, la pregunta sobre quién los había contratado dejó de importarle abruptamente a Denton. Él no podía lograr ninguna opinión convincente sobre el asunto y, de todas maneras, ya estaba todo hecho.  Denton se movía lentamente por las dos habitaciones de su departamento a medio refaccionar, calmo, apático, su mente sin sentido como los cristales de las ventanas llenos de polvo y las chillonas paredes lisas. Ya nada lo aburría. Todo el día vagaba silenciosamente por el departamento, sin pagar por él (ningún pago parecía esperarse seriamente), sin ir a la oficina más de una o dos veces por semana y luego ninguna (y a nadie ahí parecía importarle, eran como parientes lejanos comprensivos y con tacto) y sin pensar en quién había contratado a los tres hombres y su máquina. Tenía poco dinero, suficiente para leche y ciertos alimentos primordiales. Denton había sido anoréxico en su juventud porque odiaba la idea de volverse viejo y gordo. Ahora su estómago había redescubierto esa acritud, esa tensión sentimental, y a menudo vomitaba enérgicamente después de consumir sólidos.

Se sentaba todo el día en su sala de estar vacía pensando en su infancia. Le parecía que durante toda su vida se había ido alejando de su felicidad de niño pequeño, alejándose hacia la inseguridad y la desilusión de sus últimos años, cuando, gradualmente, como si hubiera algún tipo de consenso petulante, él había dejado de agradarle a la gente y la gente había dejado de gustarle a él. ¿Qué me pasó?, pensaba Denton. A veces tenía, repetidamente, una imagen de sí mismo a los seis o siete años, corriendo el micro escolar y apretando un portafolios contra su costado, su cara fresca y relajada, y de repente Denton se inclinaba hacia adelante y sollozaba ásperamente con la cara entre las manos y luego de un rato se paraba y tal vez se preparaba un té y contemplaba los complicados asuntos que sucedían en ese momento en la plaza, sintiéndose borracho y sabio.  Denton agradecía a quien fuera que había contratado a los tres hombres para que le hagan esto, nunca antes se había sentido tan vivo.

Luego, su mente se entregaba enteramente a la llegada de los hombres y su máquina y su infancia se esfumaba junto con todos los otros pedazos de su vida. Anónimamente, Denton “racionalizaba” sus suministros de cocina acumulando una gran variedad de leche en polvo y un amplio espectro de comida para bebés para, de ser necesario, nunca tener que salir del departamento nuevamente.  Con la hosquedad seria de un adolescente, Denton decidió dejar de lavar su ropa y dejar de lavar su cuerpo. Cada mañana sacaba claridad de los cristales de la ventana, dejaba los radiadores secos y ruidosos encendidos día y noche y sus dos habitaciones se volvieron caldosas y desafectadas como invernaderos abandonados bajo los truenos de verano. Cierta vez, en un impulso, Denton sacudió y abrió la agarrotada ventana del living. El aire libre le daba escalofríos odiosos como si estuviera cargado de acero. Cerró la ventana y volvió a su silla junto a la estufa donde se sentaba sin ninguna expresión en su rostro hasta que fuera la hora de ir a la cama.

Por la noche, sueños exultantes e hirientes lo excitaban y atormentaban. Sollozaba en playas escarlatas, las olas creciendo encima suyo hasta que tapaban el sol. Vio ciudades derrumbarse, montañas deslizarse, continentes quebrarse. Sorteó un mundo que sucumbía en el calor amigable del espacio. Sostuvo planetas en sus  manos. Denton se tambaleó bajo arcadas terminales, vigilado por familiares figuras encapuchadas desde portales oscuros. Pequeñas niñas voladoras con dientes filosos y predadores se balanceaban en el aire hacia él serpenteando con una velocidad imposible. Se encontró con un joven sí mismo angustiado y le llevó comida pero un águila se la robó. A menudo, Denton se despertaba acostado en diagonal en la cama con las mejillas humedecidas por lágrimas exhaustas.

¿Cuándo vendrían? ¿Cómo sería su máquina?  Denton pensaba en la llegada de los tres hombres con la misma gentil desesperanza de un amante separado hace tiempo: el golpe en su puerta, las sonrisas pacíficas y reconfortantes, la cama, el pedido de un cigarrillo, el ofrecimiento de la mano del líder, la máquina. Denton imaginó el momento como un cambio de ánimo indoloro, una simple transferencia de un estado a otro, como despertarse o irse a dormir o de repente darse cuenta de algo. Sobre todo, disfrutaba pensar en ese reconfortante apretón de manos cuando la máquina empezara a trabajar, un escalón, un asidero final mientras la vida se escurría y la muerte comenzaba.

¿Cómo sería su muerte? La mente de Denton miraba libros de emblemas, bestiarios. Nada y un florido tarareo. Decepción. Un patio de juegos abandonado. Sueños hirientes. Fracaso. El sentimiento de que la gente quiere deshacerse de ti. El proceso de morirse repetido para siempre “¿Cómo será mi muerte?” pensaba y supo enseguida, con una certeza abrupta, que sería como su vida: diferente en la forma tal vez, pero nada nuevo, el mismo balance de “soportables”, lo mismo.

Más tarde esa noche, Denton abrió sus ojos y ellos estaban ahí. Dos de ellos estaban de pie en la entrada iluminada de su habitación, sus posturas como si soportaran el peso de la tarea que habían venido a hacer. Detrás de ellos, al lado, podía escuchar al tercer hombre preparando la máquina, las sombras llenaban el techo amarillo. Denton se sentó rápidamente en un intento a medias de arreglar su pelo y su ropa. “¿Son ustedes?”,  preguntó.

“Sí”, dijo el líder, “Estamos aquí de nuevo”. Miró el cuarto: “Si serás un chico sucio.”

“Oh, no me diga eso”, dijo Denton, “No ahora”. Sintió un ataque de vergüenza y autocompasión, se vio a sí mismo como ellos lo veían: un viejo vagabundo en una habitación sucia con miedo a morir. Denton estalló en lágrimas mientras ellos avanzaban, parecía la única manera de expresar su indefensión. “Ya casi,” avisó dulcemente uno de ellos a través de la puerta. Luego los tres estaban encima de él. Lo arrastraron fuera de su cama y lo empujaron hacia el living. Lo empezaron a amarrar con cintas de cuero a una silla de respaldo vertical, tratándolo como los doctores militares tratan a un paciente que saben que es difícil. Fue todo muy rápido. “Un cigarrillo, por favor”, dijo Denton. “Sabes que no tenemos toda la noche”, el líder susurró. “Sí, lo sabes”.

La máquina estaba lista. Era una caja negra con una luz roja y dos interruptores de cromo. Hacía un murmullo lejano y del costado cercano provenía un brillante tubo de color carne que terminaba en lo que parecía una pequeña máscara de gas rosa o el protector bucal de un boxeador. “Abre grande”, dijo el líder. Denton se resistió débilmente. Sostuvieron su nariz. “Mañana será algo del pasado”, dijo el líder, “terminará… en un par… de minutos”. Separó los apretados labios de Denton con los dedos. El blando protector dental que se escurrió sobre sus dientes frontales parecía vivo, buscando su propia sujeción a conocidas superficies carnosas.  Una succión profunda, nauseabunda, de adentro hacia afuera, comenzó a formarse dentro de su pecho, como si cada corpúsculo estuviera siendo alineado por un movimiento brusco y coordinado. ¡La mano! Denton se puso rígido. Con un enojo desesperado luchó por obtener la atención del líder, hinchando sus ojos  y emitiendo pequeños sonidos desde lo profundo de su garganta. A medida que la presión se concentraba enormemente en su pecho, se dobló y flexionó sus muñecas tirando con fuerza de las bandas de cuero. Algo le hacía cosquillas a su corazón con dedos gruesos y fuertes. Estaba luchando con la inconsciencia en aguas oscuras. Estaba muriéndose solo. “Muy bien” dijo uno de ellos mientras su cuerpo aflojaba, “Está listo”. Denton abrió sus ojos por última vez. El líder miraba de cerca su cara. Denton no tenía fuerza; frunció el ceño con tristeza. El líder entendió rápidamente, sonriendo como el padre de un niño nervioso. “Oh, sí” dijo.

“A partir de ahora, Denton quiere la mano.” Denton escuchó el segundo interruptor y sintió una larga soga siendo tironeada a través de su boca.

El líder sostuvo su mano con firmeza mientras la vida se escurría y la muerte de Denton comenzaba.

De repente, Denton se dio cuenta de que habría tres de ellos, de que vendrían cuando cayera la noche, de que su líder tendría su propia llave y de que estarían tranquilos y serían prudentes, seguros de tener todo el tiempo que necesitasen para hacer lo que había que hacer. Al principio, tuvo un vivo interés, incluso egocéntrico, en quién había contratado a los hombres y su máquina. A los pocos días, sin embargo, la pregunta sobre quién los había contratado abruptamente dejó de importarle. Se sentaba todo el día en su sala de estar vacía pensando en su infancia. Luego, su mente se entregaba enteramente a la llegada de los hombres y su máquina y su infancia se esfumaba junto con todos los otros pedazos de su vida. Por la noche sueños exultantes e hirientes lo excitaban y atormentaban. ¿Cuándo vendrían? ¿Cómo sería su muerte? Tarde esa noche, Denton abrió sus ojos y ellos estaban ahí. “Sí”, dijo el líder, “Estamos aquí de nuevo”.  “Oh, no me diga eso”, dijo Denton, “No ahora”. La máquina estaba lista. El líder sostuvo su mano con firmeza mientras la vida se escurría y la muerte de Denton comenzaba.

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