quartet-lab: un cuarteto de cuerdas que abre sus oídos a nuevas maneras de escuchar

Nota original publicada en: http://www.theguardian.com/music/tomserviceblog/2014/oct/22/quartet-lab-kopatchinskaja-kuusisto

quartet-lab: un cuarteto de cuerdas que abre sus oídos a nuevas maneras de escuchar

Anoche en su concierto en Wigmore Hall, quartet-lab creó una estructura en la cual cualquier cosa era posible, permisible y comprensible.

quartet lab

Arriesgándose: quartet-lab en el Wigmore Hall. Fotografía: Simon Jay Price/PR

Los conciertos de quartet-lab van más allá de los límites y son tan experimentales pero, curiosamente, tan orgánicos como la clase de química más elevada sobre octanos – y muy arriesgados también. Pero mientras que son los mecheros Bunsen, el ácido clorhídrico y las masas de cesio las que pueden  hacer explotar el laboratorio científico, con este cuarteto de cuerdas son Beethoven, Georges Crumb, la música folclórica finlandesa y la composición en tiempo real los que amenazan con hacer volar sus horizontes musicales y expectativas. Al menos, esta es una de las maneras de describir lo que me pasó anoche en Wigmore Hall.

El cuarteto está compuesto por solistas que se juntaron a explorar y expandir las posibilidades musicales del cuarteto de cuerdas, los violinistas Patricia Kopatchinskaja y Pekka Kuusisto, la violista Lilli Maijala, y el cellista Pieter Wispelwey;  y su programa comenzó de la manera en la que pretendían continuar, con una versión de la Battalia de Heinrich Biber que convirtieron en una meditación sobre el lamento, la pérdida y el lado oscuro de la arrogancia militar. Así, como el salvajismo de los disonantes soldados borrachos de Biber, creados por los intérpretes cantando y tocando en una ebria cacofonía, quartet-lab incorporó también entre los movimientos del original de Biber, algunos de los solos instrumentales más vívidos que jamás se hayan escrito, como la marcha de la Suite para cello n° 1 de Britten, el lamento de la Sonata para Viola de Ligeti y el solo de violín del homenaje a John Cage escrito por Kurtag. No debería haber funcionado pero, como casi todo en el programa, lo hizo.

Lo mismo sucedió con su versión del Juego de Dados Musical, atribuido a Mozart, el cual Kuusisto convirtió en una pieza de composición colaborativa en tiempo real, con la audiencia eligiendo qué 16 de los 176 compases probablemente escritos por Mozart venían y en qué orden. Mientras que Kopatchinskaja y Maijala tomaban fotos de los compases relevantes con un iPad para crear una partitura para ellos Kuusisto tocaba un extraño y evocador minuet de Ostrobothnia, como cualquiera lo haría…

En el segundo acto, quartet-lab se convirtió en un grupo de aspirantes, y bastante buenos de hecho, a percusionistas en el Living Room Music de John Cage, que fue mucho más que una suite de movimientos hechos pegando, agitando y tamborileando objetos de la casa; claro, y también Gertrude Stein cuyo texto inspiró el segundo movimiento: Story. La onomatopeya molesta de cepillos, cajas y papel de la pieza de Cage fue un puente auditivo brillantemente concebido hacia el mundo de George Crumb y su obra Black Angels, cuya épica y trayectoria existencial fue trazada con los sonidos amplificados de  respiraciones, percusión instrumental y sonidos etéreos de copas de vino frotadas con los arcos. Estuvieron también los antiguos fantasmas de Schubert y hubo pasajes de intensidad feroz como los insectos eléctricos con los que abrieron la pieza. Fue una fuerte actuación que me dejó atónito, el climax de un concierto que no fue solamente un viaje a diferentes eras del repertorio sino que fue una forma de escuchar más enfocada pero abierta.

Ese fue el mayor logro del concierto: que en una sola noche, quartet-lab creó una estructura en la cual cualquier cosa era posible, permisible y comprensible; una estructura sin ninguno de los marcos anquilosados de los conciertos clásicos convencionales. Y, de manera extraña, pero típicamente paradójica, dado que esta era una actuación del quartet-lab, fue el cuarteto para cuerdas aparentemente más convencional del programa el que supuso la interpretación más arriesgada. El cuarteto en C menor op 18 no.4 de Beethoven fue precedido por una versión de la música del Tropario de Winchester, una de las polifonías más antiguas que hay en la música occidental que data del siglo 11. Según Kopatchinskaja esta es, sin embargo, una polifonía en la que únicamente una voz fue escrita ya que en ese momento “uno sabía cómo serían las otras voces”. El logro de quartet-lab fue la austera pero radiante anacrusa al cuarteto de Beethoven el cual fue una representación que hizo que mi mandíbula cayera al piso por 20 minutos, a veces por conmoción, a veces por deleite y la mayor parte del tiempo con un intenso pero positivo sentimiento de perturbación psíquica y musical.

El Op 18 no. 4 nunca había sonado así antes: quartet-lab anuló cualquier resonancia retórica usual o cualquier referencia a como crea que un cuarteto de cuerdas de Beethoven debería sonar, reemplazándolo por un mundo en el cual los acentos se convirtieron en arañazos viscerales y lágrimas, en el que los extremos suave y alto eran suspiros plateados o aullidos desesperados y en los cuales el ensamble entero estaba hecho para sonar crispado y fragmentado. En vez de una imagen sonora de cuatro intérpretes en uno, el objetivo de la mayoría de los cuartetos de cuerdas, esta interpretación fue una constante búsqueda de un acuerdo que nunca llegó, por lo que la música estuvo siempre en un estado de flujo febril. La interpretación fue una deconstrucción apasionada de los ideales y hábitos de la ejecución clásica de los cuartetos de cuerdas, pero también fue una revelación resuelta de un incómodo y hasta incoherente salvajismo en la música de Beethoven. Me mantuvo en el borde del asiento, apabullado, perplejo pero animado, en otras palabras, el quartet-lab, una alquimia de emociones.

HTTP://ELCEC.COM.AR/2014/07/22/TRADUCIENDO-INGLESES/
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